¿Has experimentado alguna vez el placer de encontrar a la persona exacta en el momento justo aparecida de la nada?
¿Recibiste la llamada de alguien del pasado del que no sabías nada pero que justo unos momentos antes habías recordado sin motivo?
¿Encontraste de casualidad ese libro que responde a tus dudas?
Esto es sincronicidad.
Es esa dimensión simbólica de la vida que nos brinda el "para qué".
La muerte de un hijo nos sitúa en un estado de extrema alerta que nos permite sentir señales que hasta ese momento no percibíamos por falta de atención.
No es raro entonces que la mayoría de los padres que perdimos un hijo sintamos esto que no puede ser contestado desde nuestra lógica racional pero que nos otorga el sentido exacto de lo que el universo representa para nosotros.
Por un lado está el dolor que nos bloquea, por el otro el amor que nos pone en un estado de apertura y aceptación de esa fuerza universal que parece saber exactamente lo que precisamos y nos lo brinda generosamente.
Normalmente primero pensamos y luego sentimos. Estamos formados por prejuicios que no nos permiten ver sino lo que queremos ver.
La magia se desvanece bajo el peso de la razón sobre todo por el miedo a lo desconocido.
Cuando un hijo se muere dejamos de tener miedo, sólo podemos sentir.
Es ese "sentir" el que nos permite desvelar el significado de las señales y encontrar nuestra verdadera misión en la vida.
Allí donde habitan las mariposas,
lo hacen también las hadas y los ángeles,
la verdad y la ilusión,
la alegría, el amor, la dulzura y la fantasía.
Los más bellos sueños y la esperanza.
Ayer durante la presentación del libro de Javier Plaza en la Asociación
Cultural Tertulia Albada, pasamos un rato estupendo, hablando del Pirineo,
de los S...